¿Cómo funciona el sistema inmunitario?

El ser humano está preparado para poder defenderse frente a diferentes tipos de agresiones desde que nace. Dispone de barreras físicas, como la piel, que nos protege frente a diversas radiaciones y es impermeable a la gran mayoría de los microorganismos. Existen además diversas secreciones, como la lágrima o el propio moco, que ayudan a expulsar del organismo cualquier sustancia que pudiera resultar dañina. Como los pediatras no nos cansaremos nunca de recordar, los mocos son tan molestos como necesarios. Igual ocurre con la tos. Se produce por la estimulación de unos pequeños pelos que tenemos en la vía aérea que, en contacto con productos nocivos que no deben alcanzar los pulmones, generan una expulsión súbita de aire a gran velocidad que nos libera de dichas sustancias perjudiciales. Por eso, los pediatras insistimos también en que, en general, no es necesario tratar ninguna tos, y que las toses no son feas ni bonitas, sino simplemente necesarias.
Además, el ser humano dispone de un complejo sistema de células que se encargan de luchar contra cualquier agente agresor que haya superado las barreras mencionadas anteriormente. Se conocen de forma general como glóbulos blancos. Existen dos tipos fundamentales de respuesta inmune: la innata y la adquirida (tabla 1).
La respuesta innata se caracteriza por ser la primera línea de defensa, una reacción inmediata frente a múltiples elementos. No necesita conocer previamente al agente agresor para identificarlo como tal. Es decir, no es específica. Intuye que algo no es bueno para el organismo y decide atacar para defenderlo. Los glóbulos blancos que se dedican a este tipo de respuesta innata se denominan células fagocíticas y, para ejercer su función, son ayudados por un conjunto de proteínas, conocido como sistema del complemento.
La respuesta adquirida es la segunda línea de defensa. Por decirlo de alguna manera, es más sosegada, racional y específica. Tras ese primer ataque innato, nuestros glóbulos blancos aprenden, con el tiempo, a reconocer a determinados agresores. De tal forma, en un segundo ataque podrán identificar antes y mucho mejor a dicho agresor, y vencerle de una forma más rápida y eficaz. Se conoce como memoria inmunológica y, en muchos casos, permanece toda la vida, aunque no siempre es así. Los glóbulos blancos que se dedican a este tipo de respuesta innata se llaman linfocitos y, para ejercer su función, son ayudados por un conjunto de proteínas conocidas como inmunoglobulinas o anticuerpos.
Pongamos un ejemplo. Digamos que, desde que nacemos, nuestro cuerpo está preparado para atacar a cualquier persona que visite nuestra casa con un abrigo en pleno mes de agosto, 40 ºC a la sombra. Está claro que se trata de un ser extraño. Nuestra respuesta innata se iniciará contra cualquier persona que llame a la puerta con dicha indumentaria. Sin embargo, la respuesta adquirida podrá diferenciar a dichas personas en función del color del abrigo y conocerá el punto débil de cada asaltante en función de la tonalidad cromática de la prenda en cuestión.
En la respuesta adquirida se basa el funcionamiento de las vacunas. Se expone al organismo a pequeños trozos de abrigo, o a personas abrigadas pero que previamente han sido vapuleadas para perder su capacidad de ataque. El sistema inmunitario reconoce como agresores a estos trozos de abrigo o personas previamente dañadas sin necesidad de pasar por una primera infección, y desarrolla una respuesta adquirida. De tal manera, en un segundo ataque estará mucho mejor preparado para defenderse.

¿Qué ocurre con el sistema inmunitario en los más pequeños?

Ocurre lo mismo que en el ser humano adulto. Nadie nace sabiendo caminar o hablar. Hay que aprender poco a poco. El sistema inmunitario de los bebés es todavía inmaduro, por eso tienen una mayor susceptibilidad para ser atacados por diversos agresores. Por ello, es importante ayudarles durante estos primeros meses de vida, disminuyendo la exposición a microorganismos, facilitándoles defensas maternas mediante la lactancia y enseñándoles a luchar frente a las infecciones mediante la aplicación de diversas vacunas.
Entonces, ¿es normal que mi hijo esté siempre malo? Según va creciendo y se expone al mundo exterior, es totalmente normal y lógico. Hay millones de microorganismos que están deseosos de conocer al nuevo bebé, y millones de células del lactante que están ansiosas por aprender cómo defenderse. Padecer muchas infecciones no supone tener una inmunodeficiencia. Supone que los glóbulos blancos de nuestro hijo «están yendo a la escuela». Los niños cuyo sistema inmunitario no funciona bien se reconocen porque tienen numerosas infecciones, sí, pero deben ser ingresados en hospitales para recibir tratamientos intravenosos varias veces al año, no crecen bien y presentan otras enfermedades graves asociadas.

¿Cómo puede ayudar la lactancia materna al sistema inmunitario?

La lactancia materna supone el mejor alimento que podemos ofrecer a nuestro bebé, pero no sólo desde el punto de vista nutricional. Desde la primera administración, conocida como calostro, la leche materna aporta inmunoglobulinas que potencian la defensa del recién nacido frente a cualquier tipo de infección. También proporciona células, azúcares y oligoelementos que son fundamentales para el desarrollo del sistema inmunitario, ese conjunto de glóbulos blancos que están aprendiendo cómo defender el organismo frente a diferentes agresores. Además, suministra bacterias que comienzan a colonizar el intestino del lactante y generan una microbiota deseable. Porque no todas las bacterias son malas. Con muchas de ellas compartimos nuestro día a día en una perfecta y compleja simbiosis. Cada vez conocemos más enfermedades que podrían estar relacionadas con una microbiota no adecuada, y esto es algo que es posible comenzar a cuidar desde el primer día de vida.
¿Hasta cuándo necesita un bebé la ayuda de la lactancia materna? Hasta que la madre y el lactante lo deseen. No existe una lactancia materna mala. Siempre es y será beneficiosa.

¿Y si no puedo ofrecer el pecho a mi hijo? El papel de las leches infantiles en el desarrollo inmunitario

Los motivos pueden ser múltiples, desde la presencia de una enfermedad hasta una decisión personal, razonada, válida y que nadie en este mundo tiene derecho a juzgar. No es el fin del mundo. Aunque la alimentación ideal para el bebé es y seguirá siendo la lactancia materna, hoy disponemos de numerosas leches artificiales que consiguen acercarse, cada vez más, a todos los beneficios que supone la lactancia materna. Hay miles de científicos investigando en ello. Es evidente que nunca superarán a la lactancia materna, pero todo lo que consigan acercarse será en beneficio de los bebés que no pudieron ser amamantados.
Tabla 1. Características y diferencias fundamentales entre la respuesta inmune innata y la adquirida
Sistema inmunitario innato Sistema inmunitario adquirido
Primera línea de defensa Segunda línea de defensa
Respuesta inmune inespecífica Respuesta inmune específica
Respuesta máxima inmediata Respuesta máxima demorada
No genera memoria inmunológica Genera memoria inmunológica
Células fagocíticas Linfocitos
Sistema del complemento Inmunoglobulinas
Sistema inmunitario innato
Primera línea de defensa
Respuesta inmune inespecífica
Respuesta máxima inmediata
No genera memoria inmunológica
Células fagocíticas
Sistema del complemento
Sistema inmunitario adquirido
Segunda línea de defensa
Respuesta inmune específica
Respuesta máxima demorada
Genera memoria inmunológica
Linfocitos
Inmunoglobulinas